Durante la preparatoria participé de manera muy activa en el coro del Colegio Cristobal Colón donde estudiaba, tocaba el bajo (muy mal), cantaba, hacía un pequeño show en las noches coloniales y sobretodo disfrutaba la compañía de mis compañeros y amigos. Entre ellos se encontraba un joven de unos 13 años con gran voz, cantaba por ejemplo la parte “operética” en el inicio de la canción Venecia de Hombre G (Nunca antes su talento estuvo tan desperdiciado) 🙂 Un día, antes de que llegaran los demás al ensayo, este muchacho se acercó a mí y me confesó que se dedicaría a la música, sería cantante de ópera. Yo, desde luego, le dije que no me parecía buena idea, me vio con algo de ternura y con un dejo de sé que no me entiendes, pero así lo haré. Este muchacho era Rolando Villazón, uno de los más grandes tenores que hayan nacido en México, el color de su voz, su rango, su temperamento, su frescura y carisma le han ganado un lugar en la historia del bel canto. Aquí algunos aprendizajes de esa anécdota:

  1. Todos hablamos desde el observador que somos. Mi consejo surgió desde la cabeza de un joven de unos 17 años y estaba basado más a mi propia historia y temores que en un análisis real de la situación. Estar consciente de esto se ha convertido en un camino hacia el autocoocimiento y mejores decisiones.
  2. Dedicarme profesionalmente a algo que haría gratis es un buena forma de transcender.
  3. No hacerme caso puede ser una buena idea. (Yo debería hacerme caso en no hacerme tanto caso)

Esta es mi interpretación favorita de Rolando, imagínate de lo que nos hubiéramos perdido, si por increíble que parezca, me hubiera hecho caso. No te lo pierdas E lucevan le stelle.

Aquí un documental que creo capta su originalidad sorprendente y el gran talento de Rolando.