Una mañana voy a saludar a Juni y lo encuentro lastimado, con una de sus raíces superficiales cortada y el tronco rasguñado. Estamos en un quinto piso, así que seguramente el responsable fue un pájaro, pensé. Inclusive recordé que uno de mis otros bonsái (uno de los dos que maté) ya lo había atacado un ave aún estando dentro del departamento. Me pareció además que le daba cierto carácter a Juni, lo hacía más único. No le di mucha importancia (como si no darle mucha importancia provocara que las lesiones automáticamente disminuyeran en gravedad) primer error. Pasaron los días y nuevamente otro ataque, pero ahora la tierra estaba removida, el musgo que la cubría se encontraba fuera de la maceta y parte de las raíces expuestas y rotas. Caray para ser pájaro está muy grande, pensé. También pensé en el cuento de Poe donde el autor describe la visita a la medianoche de un cuervo a un narrador de luto. Decidí regarlo (a Juni, no al cuervo) como si el agua curara todos los males (si te duele la cabeza, el estómago o el cuerpo siempre hay alguien que te dice: “Toma mucha agua”. El agua purifica dice el padre en la iglesia durante los bautizos, también lo dice la locutora en Off en los comerciales de televisión), mientras lo regaba de repente vi, con el rabillo del ojo, trepar por los cables de las diferentes compañías de Internet y televisión de paga que se encuentran justo al lado de la ventana, a una espantosa (así me lo pareció, en verdad me asusté) ardilla a unos cuantos centímetros de mí. Había encontrado a la culpable.

Decidí tomar acciones por mi cuenta para defender la vida de mi Juni. No iba a permitir que nadie lo dañara y mucho menos una espantosa ardilla. Me metí a Internet para ver que se podía hacer en contra de esos bichos y encontré que rayando una barra de jabón y colocando estas las virutas al rededor de las plantas se podía solucionar el problema. No me gustó. Me parecía una solución muy tibia y “jabonosa”, yo necesitaba que corriera sangre. Fui a una tlapalería (de esas grandes) y le dije a la señorita (quien atendía a tres personas a la vez) que una ardilla se estaba comiendo mis plantas, que qué me recomendaba hacer. La señorita sin dudar me ofreció veneno para hormigas (Wow no sabía que el veneno para hormigas funcionaba contra las ardillas), tratando de confirmar mi hallazgo le dije abriendo bien la boca: “A R D I L L A”. La señorita dijo: “Ah, no, contra ardillas no tenemos nada” y se me quedo viendo con cara de reproche, algo como: “En verdad quiere matar a Chip o a Dale” y se fue. ¿Pero cómo? pensé, las ardillas no son muy diferentes a las ratas, si aquí tienen algo contra las ratas eso seguro también funciona contra las ardillas, segundo error. La ardillas y las ratas tienen muchas coincidencias, ambos son roedores, caminan en cuatro patas, utilizan sus “manos” para alimentarse, tienen más o menos el mismo peso, ambas tienen incisivos con el que pueden lastimar plantas, ambas pueden transmitir rabia, ambas son portadoras de pulgas capaces de generar enfermedades de consecuencias medievales. Pero su principal diferencia es que las ratas tienen los ojos pequeños y la boca grande, mientras las ardillas tienen los ojos grandes y la boca pequeña, justo como los bebes. Estamos programados por la evolución para ligarnos emocionalmente con los seres de ojos grandes y bocas pequeñas y alejarnos de bichos como las serpientes, los lagartos, tigres (adultos ya que en sus cachorros funciona justo al contrario) y otros seres por el estilo. Es decir cuando alguien posa en la foto al lado de un grandioso carnero que acaba de matar, genera reacciones muy diferentes en las redes sociales a las generadas por una fotografía de la misma persona al lado de un enorme tiburón que acaba de pescar.

Sé que mis amigos pro-animales tendrán mucho que decir, pero sí, deseaba matar a la ardilla, hacerle daño, no me enorgullezco, pero así fue.

Compré dos placas con pegamento (tercer y último error), la bolsa amarilla que las contenía estaba ilustrada con el dibujo de una espantosa rata (ojos pequeños y boca grande) siendo capturada. De regreso al depa coloqué las placas en el espacio que hay entre los cables que servían de escalera a la ardilla y Juni. A la mañana siguiente voy a ver si la trampa pegajosa había capturado a su víctima y nada. Me dispuse a desayunar y mientras lo hacía vi un milagro, la ardilla caminaba como si fuera Jesús sobre las aguas, pero lo hacía sobre las placas pegajosas sin demostrar ningún atoro. Llegó hasta Juni y comenzó a morderlo. Con todo y mi asombro (y mi poca religiosidad), me abalancé sobre ella quien al verme huyó trepando por el cable hacia la azotea del edificio, esto no sin antes repetir el milagro al pasar nuevamente sobre las placas. Me frustré bajo las preguntas: ¿No puedo proteger a Juni? ¿Estoy siendo burlado por una ardilla que levita? ¿Quito los cables de todo los vecinos para que no tenga por donde trepar? ¿Pongo una ratonera o veneno o espero escondido con un cuchillo en la mano?  ¿QUÉ HAGO!?!?

De pronto todo se acomodó, vi la solución clara, nítida, diáfana. Era tan obvia y contundente que hasta dolía. En la sala hay dos ventanas, una al lado de los cables y otra aislada completamente. Si cambio a Juni de ventana, la ardilla no podría acceder a la fortaleza de Juni a quince metros de altura. El sol, la lluvia y el aire son los mismos. Así que retiré a Juni de esa ventana y lo cambié cuatro metros hacia el sur. Mis temores se resolvieron dejando expuestas mis raíces, todo esto con algo de vergüenza (bueno más que algo).

Aprendizaje: No siempre la confrontación es la mejor opción para solucionar un problema. Debo tener claro lo que quiero. Si mi intención era vengar a Juni, acabar con la irrespetuosa y espantosa ardilla (ahora que la recuerdo ya no me parece tan espantosa), hay una serie de opciones donde la mayoría de ellas involucra dolor y frustración. Si lo que me interesa es evitar que Juni siga siendo lastimado aparecen entonces otras opciones que antes estaban perfectamente ocultas para mí. A veces la retirada es la opción ganadora.

 

Episodio 5: Huevos y cerveza