Increíble, Juni ya cumplió 2 meses conmigo.

Como dueño responsable lo llevé el domingo en la mañana con el criador para, como habíamos quedado, él lo revisara. Lo vio detenidamente, examinó las heridas infringidas por la ardilla e hizo una expresión como de “caray son más graves de lo que me imaginaba”. Sostenía la maseta con una mano desde abajo abarcando toda la base y con la otra lo iba girándo para no perder ningún detalle. Después de unos segundos emitió el veredicto:

– El bonsái está en excelentes condiciones.

En verdad me alegré. Quizá, de una vez y para siempre, había terminado mi carrera como asesino serial de bonsáis.

– Déjemelo y venga por él en la tarde, quiero pintarle la maceta, ponerle cera en las heridas y revisarlo más a fondo. (Me dijo)

Así lo hice. Cuando regresé vi a Juni lejos de la camioneta que hace las veces de exhibidor. Juni estaba bajo la sombra que genera una de las paredes que sostiene el puente. Seguramente para que ninguno de los clientes se lo quisiera llevar, pensé. Al verme se acercó (el criador, no Juni) y me dijo:

– Tiene demasiado sol, seguro recibe más de 4 horas al día, eso no está bien.

Me hubiera dicho antes eso de las horas al sol, habría sido mucho más claro la primera vez.

No me preocupé, la solución era sencilla, simplemente tenía que mover a Juni más hacia la ventana del depa para que pasara más tiempo a la sombra.

Justo cuando me preparaba para tomar a Juni y subirme al carro, en el tono más casual, le pregunté:

– He oído que es bueno hablarles a los bonsáis, ¿Es cierto?

– Claro (me dijo con cara de “este cuate en verdad está perdido”), dígale que le da mucho gusto que esté creciendo, que lo ve muy bonito (en realidad dijo boniiiito, alargando cursimente la”i”). Es muy bueno hablarles a los bonsáis, dígale lo que siente.

– Pero ¿En qué le beneficia eso al bonsái? (Le pregunté [siempre he querido explicaciones científicas de todo] y justo al terminar la frase quise jalar mis palabras para evitar uno de sus gestos de desaprobación, los cuales y ante mi sorpresa, no llegaron.)

– No es bueno para el bonsái, es bueno para ti. (Me respondió tuteándome otra vez. Su tono fue poco usual y algo dulce. Al darse cuenta de que había suavizado la voz, de inmediato agregó rudamente) Al bonsái le vale.

Tomé a Juni por la maseta, la cual presumía su nueva pintura negra, las heridas estaban cubiertas de cera y estaba bien regado (la tierra estaba más obscura y todo el conjunto pesaba mucho más que cuando llegó).

Seguí el consejo del criador. Aquí te presento la conversación que tuve con Juni:

“Hola Juni,

(Léase en tono lindo y meloso) Debo decirte que me siento algo estúpido al estar hablando contigo, pero creo que si te lo digo en un tono lindo y meloso te dará lo mismo de lo que hable, el tono es lo importante. (En ese momento me acorde que a Juni “le vale” y que esa técnica solamente sirve con los bebes)

(Dejando el tono meloso) Juni, esta semana murió un buen amigo mío: Rubén. El mismo de quien hablo en Desi: Si asumes la postura de víctima es probable que no sobrevivas (Como si eso le importara a Juni, pero igual lo dije) Él es, perdón era, el esposo de Mónica (a quien también menciono en esa misma carta a Desi). Ambos me enseñaron sobre autodeterminación, ambos eligen-eligieron su vida.

Rubén fue mi primer jefe, pero nuestra relación empezó mucho antes de eso, justo hace 30 años. Él era el responsable de Difusión Cultural, es decir de las obras de teatro del Tec, Campus Estado de México, donde hice mi carrera. (Teatro, mi mero mole.) Tuve la suerte de entrar justo cuando necesitaban alguien como yo. Rubén me acompañó en muchas aventuras en mi vida, desde negociar por mí mi primer (y única hasta ahora) motocilceta, hasta obtener mi beca para poder terminar la carrera. Desde hagamos una compañía de teatro con los mejores alumnos de Difusión Cultural del sistema Tec, hasta después de ochos años “Monterrey nos pide que ya no continuemos con el proyecto”. Desde, te gustaría trabajar conmigo en el Tec, hasta lamento que te vayas de Quídam (la compañía que fundó con Mónica, el Doc [papá de Mony] y Daniel [hermano de Rubén]).

De la mano de la compañía de teatro del Tec trabajé en los mejores teatros del país, dirigí, produje, escribí, actué, he hice lo que me dio la gana. Rurru (como le decíamos) creó (y constantemente creaba) un espacio donde fui muy feliz. Mis mejores amigos los conocí ahí y sin esos espacios seguramente sería una persona muy diferente a la que soy.

Estuve en el hospital, en el velorio y en la misa que se hizo ahí mismo. También estuve cuando se llevaron a cremar el cuerpo.

A diferencia de otros no se me ocurren frases como “ahora es una estrella”, “nos mira desde arriba”, “es un ángel que nos cuida” y otras por el estilo. En verdad lamento mi falta de imaginación, ya que veo que estas frases son muy bien recibidas. A diferencia de las personas que dan el pésame con frases como “muchos días de estos”, “sé lo que sientes” o las peores, aquellas personas que llegan dando el pésame, pero más bien parece que vienen a que los deudos los conforten a ellos, un mundo al revés.

Durante la misa no cabía una alma alfiler (espero que un alma sí, por lo menos una). El padre, que por cierto me gustó mucho ya que no habló del Rurru como si lo conociera (cosa que hacen algunos padres primerizos como diciendo, yo lo conocí [sin conocerlo] y era muy bueno), sino más bien el enfoque era “platicando con la familia me dicen que era…” (cosa que me parece mucho más honesta). El padre preguntó qué cual era la semilla queríamos dejar nosotros (cuando habló de semillas me acordé de ti [le dije a Juni]), que cómo queríamos ser recordados. Esa es una pregunta muy común (viene en todos los libros de autoayuda o de coaching [otroayuda]) que me he hecho recurrentemente los últimos 20 años y es hasta ahora que puedo contestar de manera más concreta, con una imagen clara: Que el día que me muera (y espero que falte mucho tiempo para eso) pueda regalarle a mi hija muestras de cariño de tanta gente, como las que recibieron en el hospital y luego en el velorio sus hijos Jorge, David y Piero. Dejarle a Desi el recuerdo de un padre querido, un recuerdo al que pueda recurrir en los momentos difíciles y que la saque adelante. Con eso me conformo.

Hablando contigo Juni, recuerdo el árbol de la vida, esa artesanía mexicana que representa la vida a través de figuras, que como frutos, cuelgan de sus ramas. La vida se ramifica. No sé cuál sea el siguiente fruto que escogeré de este árbol, pero espero tener la calma de espíritu para escogerlo sabiamente y destinar tiempo para saborearlo. Sobre la semilla que quiero sembrar, ahora la tengo muy clara.

El criador tenía razón Juni, me siento mejor. Quizá las oraciones sean como estás pláticas, donde quien ora es quien recibe los beneficios y no tanto las personas por las que pides.

Ahora que te veo mientras platico, me doy cuenta de que tienes un gusano que se está asomando en la tierra y pequeñas moscas en las ramas, eso no está bien. Voy a ir a la tlapalería (de esas grandes) para platicar con la señorita de las plantas para ver que me recomienda usar, ojalá no se acuerde me mí.”

Aprendizaje: La verdad, en esta ocasión no quiero poner nada aquí. Me siento triste. Le pondré huevos y algo de cerveza a esta herida.

 

Episodio 7: Disculpe señor ¿Cómo piensa hacerlo?