He estado trabajando últimamente en cambiar algunas cosas en mi vida, así que hice lo que todo mundo hace cuando se encuentra en mi situación: Comprar un bonsái.

Fui con un criador de bonsáis, no un intermediario, para ver que había y pa’ que me alcanzaba. No era una tienda sino una camioneta debajo de un puente al norte de la ciudad. En ella había varios estantes, el techo y el cofre funcionaban como aparadores. Vi varios, algunos francamente hermosos (y caros) quizá demasiado “orientales” para mi gusto. De repente vi un arbolito, no diría que fue amor a primera vista, pero la relación precio-enamoramiento fue la más satisfactoria.

– Este es un Oro Viejo. Me dijo mientras lo tomaba en sus manos y me lo mostró dándole poco a poco la vuelta. Aquí entonces me hizo la pregunta fatídica:

– ¿Ha tenido bonsáis antes?

– Sí, de hecho, tuve dos. Ambos se me murieron al poco tiempo.

Los brazos del criador, que estaban ligeramente extendidos hacia mí, se retrajeron hacia su cuerpo, su cara demudó a un gesto duro y algo triste. Sentí que en ese momento había terminado la venta, que ya no me mostrarían ningún otro árbol y que ese Oro Viejo regresaría al estante de la camioneta donde lo había visto por primera vez. Traté de ignorar este lenguaje no verbal tan claro, pero claro que lo entiendo, si yo estuviera trabajando durante 9 años en un bonsái, no me gustaría que se lo llevara un asesino serial de bonsáis, yo ya había demostrado mi incapacidad para mantenerlos vivos. Traté de distraerlo, de regresar a la venta, le dije que seguramente esos no eran bonsáis reales sino arbustos comprados en tiendas caras (Liverpool y Xochimilco), su cara de incredulidad aumentó, ninguna estratagema funcionó. Inclusive quise negociar el precio de ese Oro Viejo, iluso de mí, de milagro no me lo aumento.

Finalmente le dije que no tenía el efectivo suficiente y que iría a un cajero, vi su cara de ilusión, no sé si por la venta o porque me iba. Creo que pensó que yo no regresaría.